martes, 10 de febrero de 2015

El coche de la familia se ha roto. Descanse en paz


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MI coche se ha roto, el pobre, a la temprana edad de 14 años. Aunque últimamente tenía los faros tristes, me parecen muy pocos para perecer. Dicen los expertos que eso es lo normal: a los automóviles les pasa como a los perros, que cada año que pasa para nosotros son siete para ellos. Mi hija lo consideraba de la familia, y no es de extrañar: la ha llevado al colegio, de vacaciones, a sus festivales manga, a la playa y a dar pan a los peces en el río. Quería que lo enterráramos en el jardín, junto a la tortuga Manuelita, el hámster Papillón y la gata Luna. Lo intentamos, pero no hemos podido, porque cuando ya habíamos profundizado un metro, encontramos roca y no hubo manera de seguir. 
 Pensamos en incinerarlo y aventar sus cenizas en una carretera que discurre junto al mar y que le gustaba mucho, pero no teníamos suficiente carbón vegetal para hacerlo adecuadamente y desistimos. Así que, con hondo pesar, y según dejó escrito en su testamento vital, hemos donado su chasis para la ciencia. Concretamente, para la ciencia del reciclaje, que se imparte en los desguaces y garbigunes. 
Lo echaremos mucho de menos, porque, si exceptuamos su obsolescencia programada, tan precisa como un reloj suizo, nunca nos dejó tirados con mala intención. He puesto su esquela en varios concesionarios de coches y me han llamado muchos comerciales para ofrecernos sus servicios y darnos el pésame, por ese orden. Aunque esta es otra historia. 
Puedes leer en este enlace la segunda parte del artículo 

Josetxu Rodríguez
@caducahoy