miércoles, 16 de febrero de 2011

El síndrome del nido invadido

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HAY algo peor que el síndrome del nido vacío: el síndrome del nido invadido. Si el primero es la sensación que los padres tienen cuando los hijos abandonan el hogar y se independizan llevándose bajo el brazo un tupperware de lentejas, el segundo se produce cuando esos hijos llaman a la puerta con la muda sucia en una bolsa de Eroski y la PlayStation en la otra diciendo que se han separado, que están en paro o que su novia les ha echado de casa porque le han regalado un gato.

Aunque todavía no está muy estudiado, en las secciones de psicología de las revistas del corazón, verdaderos augures de futurología emocional, aparecen casos que describen en toda su crudeza los trastornos que conlleva este síndrome de nuevo cuño. "Se casó a los 34, cuando cambiamos el sofá por una mecedora de bambú", dice Atribulada. "Con el crédito del piso se compró un BMW, se fueron a China quince días y adquirieron una tele de 100 pulgadas porque, según dijo, no iban a poder salir en mucho tiempo debido a la hipoteca. Ahora, ha vuelto con 36 años, ha metido su coche en nuestro garaje y nos ha destrozado la economía. Tenemos que hacer frente a sus deudas y no podemos ni echárselo en cara porque se ha ido de fin de semana a Berlín. ¡Se fue un hijo y me ha vuelto un moroso!" Relatos estremecedores como el descrito dan una idea de la profundidad de la crisis que sufren los padres. Han sobrevivido a la hecatombe económica con sentido común, pero puede que no lo hagan a esta. Qué cruz.

Josetxu Rodríguez