viernes, 27 de enero de 2017

Cuando el retrete es más listo que tú



LAS compañías japonesas han creado una serie de iconos para enseñar a los extranjeros a utilizar sus inodoros. En este aspecto, los nipones son tan sibaritas como en costumbres gastronómicas. Solo ellos son capaces de envolver un dedal de arroz con una tirita de algas, ponerle una uña de pescado crudo, bautizarlo como sushi y cobrarlo a precio de caviar beluga. Si eso no es I+D+I+IVA, que venga Ferran Adriá y lo deconstruya. Es verdad que en Euskadi hemos aprendido la lección y les pisamos los talones con esa torta de harina de maíz que denominamos talo y que pronto empezará a cotizar en el Ibex 35, pero, en lo que respecta a sanitarios, ellos siguen jugando en las grandes ligas. Ni siquiera Trump, que se alivia en un trono de oro, llega a su nivel. Si los comparamos con un retrete nipón, distan mucho de ser inteligentes. Ambos. El evacuatorio oriental detecta cuando entras, te saluda, abre la tapa, calienta el asiento y espera a que te sientes mientras activa un panel de mandos con más botones que la cabina de un avión de Ryanair. Tuve la ocasión de utilizarlos en un viaje a Tokio y la experiencia es difícil de olvidar. Y también peligrosa, ya que son capaces de soltar chorros de agua y aire con efectos de luz y sonido similares a las fuentes de Montjuïc. Por eso, es de vital importancia saber controlar la temperatura y presión para no acabar con los huevos escalfados o sufrir un lavado de colon inesperado. Por lo demás, una gozada. Roca, a ver cuándo te pones las pilas.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

lunes, 23 de enero de 2017

Nik espikininglis



LA mitad de los vascos, según dice el estudio realizado por la Cambridge University Press, confesamos que no llegamos a un nivel medio de conocimiento del inglés. Y creo que, de la otra mitad, la mitad miente. Pese a ello, no hay que ser pesimista. De hecho, todos somos capaces de leer con precisión cualquier idioma extranjero que se ciña a los caracteres latinos y no escriba con garabatos, como el árabe, glagolítico o tamil. Otra cosa es que al pronunciarlo no nos entienda nadie y no sepamos lo que decimos, pero cumplimos una de las tres condiciones para comunicarse con el imperio lingüístico del Brexit, que no es moco de pavo para ser autodidactas. 
Aún así, no llegamos al aprobado y tras el Informe PISA es un lujo que no podemos permitirnos. Y menos en Euskadi, donde la lengua y la lingüística es una de las industrias del país. Encauzado el euskera, las instituciones llevan años poniéndonos deberes y bautizan en la lengua de Shakespeare todo lo que se menea con más afán didáctico que el British Council. El pistoletazo de salida lo dio el Bilbao Exhibition Centre, que pese a su rimbombante nombre era una feria de muestras que ni estaba en Bilbao ni en el centro. Desde entonces ha llovido mucho, sobre todo, el martes, y ahora no hay chichiflí que no lleve un palabro en inglés. El último, el Txistorra Encounter Forum. Tres idiomas para una simple barbacoa. Ya les vale.

Josetxu Rodríguez
@caducahoy

martes, 10 de enero de 2017

Cómo convertir electrones en oro



CUANDO me jubile haré un doctorado para comprender el ciclo de la energía eléctrica, ya que, en estos momentos, me resulta tan complicada de asimilar como el arte amatorio del bosón de Higgs con los leptones. Lo considero un proceso alquímico que convierte los electrones en oro incumpliendo todas las leyes del mercado, la física, la lógica e, incluso, la logística. Echo un vistazo a la factura y se me funden los plomos, saltan los diferenciales y me quedo a oscuras, como sin energía. Es inútil apagar luces o electrodomésticos para ahorrar, al final, los recibos se parecen unos a otros ya seas un derrochador o un miserable avaro. 
Me explica por teléfono una señorita muy amable que es por culpa del alquiler del contador, el mantenimiento de la red de distribución y media docena de cosas más. Pero se queda callada cuando le recuerdo que cuando echo gasolina pago por el líquido que consumo y no una cantidad cada mes por el alquiler del surtidor y la red de barcos y camiones que la transportan desde los Emiratos Árabes. 
Es todo tan absurdo que la ineficiente bombilla incandescente costaba 60 céntimos y la ahorradora de led casi doce euros. Una paradoja como la de los molinos eólicos, que uno no sabe si giran porque hace viento o hace viento porque giran. Dado el precio del servicio podría pensarse que están enchufados a la red eléctrica como los ventiladores o los expresidentes y exministros. Caramba, ¡qué coincidencia!
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

jueves, 5 de enero de 2017

Tirar antes de leer 96: Necesito dinero y adelgazar

Queridos Reyes Magos:
Seré breve. Necesito dinero y adelgazar.

Hola:
Aquí los Reyes Magos. Gracias por ser breve. Nosotros también lo seremos. Trabaja y no comas tanto.

martes, 3 de enero de 2017

domingo, 1 de enero de 2017

Dale el oso, por favor

EL oso. Quiero el oso. Dame el oso, ama. Porfa, el oso. ¡El osooooooo!”, Viajábamos una muchedumbre en el autobús. Al volante, un sustituto con el carné sacado en la mili y perfeccionado en la conducción de reses al matadero. “El oso, ama, el oso”. Dado los acelerones y virajes, en el París-Dakar lo habrían detenido por conducción peligrosa. Miraba por el retrovisor y se le veía disfrutar. “Quiero el oso. El oso, el oso, el oso”. En una curva en la que chirriaron las ruedas, a una anciana se le saltó la dentadura que quedó incrustada en el bolso de su compañera de enfrente.
Y allí estábamos, encerrados, como en el infierno de Dante, con un niño gritón y exasperante que, por lo que pude deducir, quería el oso de su hermano. El oso, ya saben, el oso. Su ama jugaba al Candy Crush con los auriculares puestos. Inmune a los gritos como lo son al tren los que viven junto a las vías. “Dame el oso, ama, el oso, oso, oso”. Pensé en quitarle el oso al hermano para metérselo en la boca al energúmeno en ciernes, pero estaba armado con un sonajero y con claras intenciones de usarlo como arma.
Eché un vistazo a los presentes. Por su mirada deduje que un tercio estaban dispuestos a tirar al niño por la ventana;el otro, a la madre y al niño y dar al pequeño en adopción, y el resto, a lanzarse ellos como último recurso. Si no se produjo una masacre autoinfligida fue porque llegamos a la parada y los tres y el oso salieron ajenos por completo a los efectos colaterales que producía su existencia.
Josetxu Rodríguez. @caducahoy

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Un libro entre los juguetes ¡cuerpo a tierra!



  LA alarma sonó alta y clara en El Arenal, como en los bombardeos de la Guerra Civil. El peligro se localizó entre los juguetes que se recogían para aquellos niños que carecen de ellos, si es que queda alguno. En quince minutos llegaron los servicios de emergencia: ambulancias, cuerpos policiales variopintos, agentes de paisano, supervisores encubiertos de agentes de paisano y contravigilancia de supervisores, además de desactivadores de explosivos, bomberos y un electricista, por si hiciera falta. 

El origen del sobresalto se centró en un objeto cuadrangular, parecido a una caja de donettes, encontrado entre los peluches que mostraba extraños caracteres. Parece escritura árabe, dijo el electricista. Tras lo cual, se acordonó medio kilómetro cuadrado y se llamó a un experto en idiomas terroristas. Tras examinarlo a prudente distancia concluyó que se trataba de una dedicatoria escrita por un médico en un libro de poesía en euskera para niños. Se produjo una enorme conmoción. ¿Quién ha podido ser el desalmado? ¿Y si un pequeño lo hubiera cogido sin querer y lo hubiera leído, quién sabe qué efecto pernicioso podría haber provocado en su inmaduro cerebro destinado exclusivamente a consumir sin más pretensiones vitales? 
El grupo de anticontaminación de la central de Garoña se llevó el ponzoñoso objeto para depositarlo en el silo nuclear donde no pudiera hacer daño a nadie. Todos respiraron aliviados. Todavía no habían visto la factura del electricista...
Josetxu Rodríguez
 @caducahoy

viernes, 23 de diciembre de 2016

Juguetes inolvidables



MIENTRAS la fiebre de la recolección de juguetes con fines benéficos se expande por doquier, como la gripe, estas navidades se irán a la basura otros 2.000 millones de euros en regalos absurdos que no gustan a sus destinatarios. Una de las razones de este desperdicio es el Enemigo invisible, esa costumbre disparatada de regalar un pingajo a un desconocido para demostrarle que le odias con todo tu afecto. Puede ser una grapadora de gomaespuma, un paraguas ducha o un circo de piojos, todo acabará más pronto que tarde en el contenedor. 
Algo similar les ocurre a los niños, sepultados en chismes de usar y tirar cuando lo que necesitan es más tiempo y menos deberes. Todo lo contrario de lo que tuvimos la mayoría de los que leéis estas líneas: mucho tiempo y pocos cachivaches. Pocos, pero intensos, eso sí. Recuerdo el Cheminova, aquel juego de química con el que podías acabar con la fauna de un descampado a nada que te esmeraras un poco. O el pequeño taller de fundido de plomo. ¡Qué hermosas quemaduras producía! Mucho más duraderas que los vulgares tatuajes de hoy día. Se llevaba el premio la serrería eléctrica. Era nuestra preferida. Tengo amigos que para pedir tres cervezas tienen que usar los dedos que les quedan en las dos manos. Juguetes inolvidables que no se tiraban a la basura. Sobrevivimos a ellos de milagro y eso no se olvida fácilmente.
Josetxu Rodríguez  
@caducahoy

lunes, 12 de diciembre de 2016

El perfume de Cagoulinah


LA primera vez lo intenté en plan improvisación y me salió una especie de carraspeo gutural con acento gangoso. Cuando la dependienta se disculpó por no haberme entendido le contesté que solo quería champú para el pelo. Días después grabé con el móvil el anuncio de televisión para visionarlo una y otra vez hasta que la pronunciación fuera correcta. Carolina Herrera, Carorina Guerrera, Cagoguina Yerera, Cagoulinah Yererai. Y así, hasta que llegué a un nivel de perfección del que me sentí orgulloso. 
Volví a la perfumería, hice varias inspiraciones profundas para templar la faringe y, con la última, dejé salir el aire moderadamente pronunciando, en el tono, altura y timbre precisos, el nombre del perfume que deseaba comprar: Cogoulinah Yererai, por favor. ¿Cómo dice?, preguntó la dependienta con un dulce tono sudamericano. Se lo repetí varias veces, pero no hubo forma de entenderse. Le describí el anuncio, algo muy difícil de hacer, ya que la publicidad destinada a productos olfativos es más enrevesada que el cine de Fassbinder, pero me confesó que ella solo veía series y películas en Netflix. Tras lo cual, solo me quedaba la opción de emergencia: ¿Tiene alguna esencia para una mujer de mediana edad que usted y yo podamos pronunciar con normalidad? Enseguida llegamos a una solución de consenso. Salí encantado del establecimiento con mi frasco de Heno de Pravia y con la esperanza de que el día que se lo regale no me lo tire a la cabeza.
Josetxu Rodríguez 
@caducahoy

Al rincón de pensar



ALGUNOS se conforman con poco y creen que la felicidad está en que haya wifi, que la tostada no caiga del lado de la mantequilla o en que Aduriz termine un partido sin que le saquen una tarjeta o dos. Otros, como Woody Allen, la buscan en las pequeñas cosas, un pequeño yate, una pequeña mansión. Hay quien no quiere tener más de lo que tiene, sino al contrario, que le quiten cosas, por ejemplo, la hipoteca. Y para Gengis Khan, que como los de la primitiva no tenía sueños pequeños, la mayor felicidad consistía en “derrotar a tus enemigos, perseguirlos, robarles y violar a sus esposas y a sus hijas”.
 Para poner un poco de orden y responder a toda esta disparidad de criterios, la Universidad estadounidense de Harvard ha estado durante 76 años siguiendo la vida de 700 hombres, algunos del prestigioso centro y otros de los barrios pobres de Boston. “Hay muchas conclusiones de este estudio”, asegura Rober Waldinger, actual director del proyecto. “Pero la fundamental es que para mantenernos felices y saludables a lo largo de la vida necesitamos relaciones de calidad”. 
Y podría pensarse que, dado que nos pasamos el día pegados a las redes sociales y al WhatsApp, ya cumplimos el requisito, pero no es así. “La tendencia social es estar en redes sociales, pero en mi propia vida me he dado cuenta de que cuando estoy más feliz es cuando no estoy haciendo eso”. Quizá los amigos de Facebook nos estén ocultando a los reales. Iré un rato al rincón de pensar.

Josetxu Rodríguez 
@caducahoy