martes, 3 de diciembre de 2013

Aquella patata me estaba mirando



AL principio fue solo un leve cosquilleo en la nuca que se convirtió en presentimiento y cristalizó en la certeza de que aquella patata me estaba mirando. Asomada al borde del cestillo de mimbre la tía no perdía detalle de mi deambular por la cocina. Pasado el primer momento de consternación, me di cuenta de que el tubérculo chismoso no era un fenómeno aislado, sino un indicio más de la metamorfosis que afectaba a mi despensa en los últimos meses. 
Recordé los monoplátanos, tan sabrosos pero tan difíciles de degustar, ya que cada vez que te acercabas a ellos huían dando saltos y había que darles caza acorralándolos en los rincones. Los melosonotones, por ejemplo, eran dulces como besos, pero tan aficionados a escuchar las conversaciones que más bien parecían orejones. Las que mejor me caían eran las piernanzanas, tan serviciales, solo tenías que llamarlas y venían corriendo hasta tu plato; y las cerecerillas, que brillaban en la oscuridad. Sin embargo, las peperas, pese a su buen aspecto, desprendían un olor rancio y se descomponían si las colocabas junto a las peneuvas, echándolas a perder. 
Las que me sacaban de quicio eran las lechugas frioleras. Intenté acallar sus gritos al meterlas en la nevera mientras en la radio alguien decía que un mono clónico alimentado con maiz transgénico cagaba buñuelos de viento tras copular con una aspiradora. ¿Quién puede creerse eso? Yo no.
Josetxu Rodríguez