LAS peluquerías cierran en
masa. Al parecer, no hay suficientes cabezas para dar de comer a tanto
profesional e intruso. Lo cuenta mi peluquera de cabecera, que está que
arde. Me solidarizo con ella porque la conozco desde hace tiempo y
porque lleva unas tijeras afiladas en la mano. Una razón muy convincente
cualquiera que sea la discusión. “¿Cómo lo quieres?”, pregunta. “¿Si me
corto poco me cobras la mitad?”. “No majo, es tarifa plana”. “Bueno,
pues este mes rasúrame los pelos impares y el que viene ya veremos, que
no están los tiempos como para derrochar cabellera”. Resulta que el
ministerio, que no tiene un pelo de tonto, les subió el IVA al 21% y
ahora todo son dolores de cabeza. La clientela se lo piensa antes de
arreglarse la azotea y ya han cerrado un 30% de establecimientos. Al
lado se sienta una señora y le dice: “Quiero que me tiñas de rubio,
Idoia, que ya estoy harta de ser pelirroja”. “Cariño, le contesta, si ya
eres rubia”. “¿Pero, qué dices? Si yo he sido morena toda la vida”. “De
eso nada, te teñiste el pelo color azabache después de dar a luz a
Mikel. Pero eras rubia, lo recuerdo muy bien”. “Que no. Me teñí de rubio
para la boda, porque antes tenía mechas… ¿o eran rastas?” “Las rastas
te las puse para la despedida de soltera”. “Bueno, pues déjalo. Si soy
rubia ya volveré en otro momento”. “¿Ves lo que te digo?”, se lamenta
Idoia. “Estamos abocados al cierre. Por cierto, ¿te arreglo las cejas?” “No, déjalo. Está fuera de mi presupuesto”.
COMO no me gusta el fútbol, me
aburre la política y no soporto las noticias del corazón, soy el
perfecto candidato para convertirme en tertuliano modelo. Es decir, uno
de esos que viven saltando de sillón en sillón por las cadenas de radio y
televisión sin perder la compostura. Da igual que el medio parezca
salido del Nodo o que haya sido colonizado por la extrema
izquierda del centro, el tertuliano estándar es acomodaticio y puede
adaptar su discurso a cualquier línea editorial por un precio módico. Y
lo que es más importante, expresarse en un tiempo razonable. Ideas
simples, frases cortas. Como si les estuvieras hablando a niños de 15
años. A fin de cuentas, esa es una de las condiciones que pone la
televisión para participar en sus debates: cuanto menos sepas de un
tema, más conectarás con el público. Un cerebro vacío es más libre para
divagar por los extensos páramos de la ignorancia sin alterar a la
audiencia. Por eso es imposible escuchar una idea nueva, un análisis
coherente, una propuesta original. Siempre están los mismos disertando
sobre lo obvio. Mires donde mires aparece la corte de la redundancia.
¿No se van a jubilar nunca? Recuerdo que, en los inicios de la
telebasura, los productores de algunos programas de gran éxito dejaban
muy claro que no querían ver en el plató a nadie que hubiera leído un
libro. Creo que lo han conseguido.
HA ido a comprarle los libros
al chiquillo y le han dicho que el de física que usó el hermano el año
pasado ya no vale porque “los avances en computación cuántica que se han
producido mientras su familia estaba en la playa, están consiguiendo
grandes resultados en la solución de la decoherencia que afecta a la
mecánica. En concreto, al tren que sale de Madrid y se cruza con el de
Barcelona en algún punto del trazado”. Que es mejor que compre el nuevo
para que el niño, de diez años, no se quede retrasado y, también, para
consumar el atraco. Y lo ha comprado. Ese y todos los demás: 150 euros. Las ciencias progresan tanto durante la canícula que dejan obsoletos
todos los textos. O sea que, este curso, los chavales en lugar de hacer
torres con palillos de helado construirán aceleradores de partículas
para demostrar la teoría de las supercuerdas. Los foros están que arden.
Los más viejos del lugar aseguran que ellos ya hacían aceleradores de
partículas hace 40 años y los llamaban tirachinas. Incluso uno recuerda
que en clase tenían un cura que, en sí mismo, mismamente, era un gran
colisionador de coscorrones. Le atribuyen el descubrimiento de la gran
hostia de Dios padre. Que se la llevó Patxi Iturgaiz, concretamente. Y
alguno pregunta si tiraba quarks. Pues sí, se tiraba unos quarks que te
hacían ver los pliegues del espacio-tiempo, el tío. Y sin tanto libro de
texto. La verdad es que los tiempos han avanzado mucho para llegar al
mismo sitio.