lunes, 14 de octubre de 2013

El Génesis del bricolaje: versículo 1 al 15



EN el principio era la nada y, como es de suponer, ni siquiera el bosón había conocido a Higgs. Más tarde, alguien entró dando un portazo y apareció el universo. Pasaron millones de años, y algún que otro fin de semana, e inevitablemente todo se fue deteriorando: lo que no tenía algo flojo por aquí hacía un molesto ruidillo por allá e, incluso, el ralentí del devenir histórico se había desajustado un poco. 
Este rechinar de piezas sueltas despertó de su letargo al Dios del Bricolaje, que montó en cólera. En medio de su furia creadora modeló con pedazos de madera y metal el destornillador; un objeto a su imagen y semejanza que colocó en el mundo. Pero el estruendo no cesó, y el Dios del Bricolaje sintió que no era bueno que el destornillador estuviera solo y decidió darle una pareja: el tornillo. 
 El miembro del destornillador encajaba perfectamente en la ranura del tornillo y, en poco tiempo, el mundo dejó de chirriar y las cosas se acoplaron unas a otras en su justa medida. Creced y apretaos, pero no os acerquéis al árbol de la obsolescencia programada, les dijo el Dios del Bricolaje, que sintió que había hecho un buen trabajo. 
Pero un día el tornillo vio a un diseñador industrial enroscado en el tronco, que le tentó con un muestrario de hendiduras: de estrella, de media luna, hexagonales, piramidales, helicoidales... Pecó y, desde entonces, no hay dios que encuentre nada que encaje en tan extravagantes fisuras. Todo ha vuelto a descoyuntarse y hasta los besos de rosca son cada vez más difíciles de ajustar.
Josetxu Rodríguez