viernes, 3 de febrero de 2017

Aquellas filminas... qué tortura!



EL domingo, mientras construía un refugio anti-Trump en la ganbara, me topé de bruces con el proyector de diapositivas. Qué susto, oiga. Estaba bajo medio quintal de discos de vinilo, junto a la pantalla y el puntero de luz, ese humilde precursor de la espada láser de Obi-Wan Kenobi. 
Sentí un fuerte calambre emocional y, durante unos segundos, me teletransporté a una de aquellas maratonianas sesiones en las que nos saturaban con fotos de bodas, viajes a Salamanca o colecciones de setas. Daba igual lo que proyectaran, todo era un empacho. Y así, lo que comenzó como una forma estimulante de disfrutar de las imágenes en gran formato se convirtió en una tortura que alcanzaba su clímax con la mítica frase: “Y aquí se aprecia cómo el león ataca al elefante que lleva a los seis turistas alemanes en el lomo. Lo que pasa es que solo se ve un borrón negro porque era de noche, yo estaba nervioso y olvidé quitar la tapa del objetivo”. “¡Impresionante!”, exclamábamos todos al unísono lamentando que el león no le hubiera arrancado la cámara de las manos. 
Mi hija, que me encontró ensimismado en estos pensamientos, preguntó qué era ese artilugio que sostenía en las manos. “Un sistema óptico de proyección lumínica que, conectado al home cinema, unas velas olorosas y unos tequilas, produce una estimulación audiovisual envolvente y olfativa que te hace salivar de gusto. Mucho mejor que las gafas 3D. Y está en venta”. “¡Te lo compro!”. “¡Adjudicado!”.
Josetxu Rodríguez 
@caducahoy