martes, 19 de septiembre de 2017

Elogio del paraguas


Elogio del paraguas


lOS nacidos fuera del botxo quizás no sepan que, durante siglos, a los bilbainos nos enterraban junto a nuestro paraguas. Podríamos haber elegido cualquier otro ajuar funerario, desde las dos monedas de los griegos al desparrame de culturas que se llevaban consigo a familia, criados y todo tipo de pertenencias, pero nuestro carácter modesto y discreto, como todo el mundo sabe, nos impide hacer alardes. Por eso, elegimos a un compañero que no nos abandona a sol ni a sombra y que permanece a nuestro lado aunque caigan chuzos de punta. 
Un botxero solía poseer dos a lo largo de su vida: el que le regalaban en la primera comunión y el que se compraba con el primer sueldo. Durante muchos años, antes de que se inventara el ADN, las identificaciones de tumbas podían realizarse siguiendo las iniciales en la empuñadura y la marca de fábrica. Solo de las sotanas hechas en el Casco Viejo puede decirse algo similar. 
Todo esto que les cuento es historia. Hoy, los paraguas se disuelven con la lluvia y una leve brisa los desbarata antes de llegar a casa. Solo resisten los que se manufacturan a prueba de huracanes en la calle Prim. Una leyenda dice que en el mismo lugar fabrican el sirimiri con unas ollas inmensas. Y que la relación entre el número de paraguas y días de lluvia permanece estable desde tiempos de Noé. Debe pasar lo mismo con los aerogeneradores, que uno no sabe si giran porque sopla el viento o hace viento porque giran. ¿Ustedes qué creen?
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

martes, 12 de septiembre de 2017

Tirar antes de leer 99: El referéndum en Ikea

El referéndum catalán se celebrará en Ikea. Mantenemos en secreto.

sábado, 9 de septiembre de 2017

La cabina

CAMINABA concentrado hacia el trabajo buscando la fórmula para resolver el conflicto catalán antes de que las minutas de jueces y abogados arruinen definitivamente las arcas del Estado, cuando casi me di de bruces con un artilugio instalado en la plaza del Sagrado Corazón de Bilbao. Me acerqué y pude ver esta pequeña inscripción: PULSE *01 SMS-FAX. Ante esta extraña nomenclatura, decidí llamar a la brigada de desactivación de artefactos de la Ertzaintza. Y en ello estaba cuando se acercó un señor bajito, rechoncho y con fajín que, con su voz atiplada y grandilocuente, me pidió permiso para utilizar el teléfono. Metí la mano en el bolso para cederle el móvil, pero, ante mi sorpresa, lo rechazó y cogió un soporte que estaba unido al armatoste con un cable metálico. Metió unas monedas por una ranura y esperó.
Yo estaba ojiplático y pensé que se lo iba a tragar Matrix, pero el señor con tono irritado comenzó a decir: “Usted haga como yo y no se meta en política. Ahora se habla de democracia. Nosotros, los españoles, ya la hemos conocido. Y no nos dio resultado. Cuando otros van hacia la democracia, nosotros ya estamos de vuelta. Estamos en la meta, a esperar a que los otros regresen también. O sea, que lo arregláis o lo arreglo yo”. Con la última frase pegó un taconazo y se fue. El cacharro devolvió una moneda y la recogí. En una de sus caras podía leerse claramente: ‘Una, grande y libre’. En la otra reconocí perfectamente el perfil del hombrecillo. ¡Cooollons!
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

jueves, 7 de septiembre de 2017

El síndrome del emperador


El síndrome del emperador

HUBO un tiempo en el que parte de la educación de los niños la realizaba la tribu. Cualquier adulto tenía la potestad de reprender a un chaval que estuviera haciendo trastadas en la calle, aunque careciera de parentesco con él. Era algo cotidiano y que contaba con el beneplácito social. De hecho, más de uno ha llegado a ser campeón de taekwondo esquivando zapatillas y escobazos. Si soy sincero, de los capones que he recibido, ninguno me lo han dado en casa. Se lo cuento a mi hija y me mira como miraba a su muñeco parlante. Y no me extraña. 
Ante una situación similar, con un coscorrón de por medio, hoy en cinco minutos la zona estaría acordonada por la Policía Municipal y un batallón de psicólogos atendería al muchacho mientras se llevaban detenido al inconsciente agresor. En el caso de que fuera maestro, la condena podría ser a perpetuidad. Algo parecido ha ocurrido en A Coruña, donde una madre ha sido denunciada por su hijo de 11 años a quien dio un bofetón por negarse a poner el desayuno, insultarla y, fuera de sí, tirar al suelo el móvil de alta gama con el que oía música. El juez ha visto “justificado” el cachete frente a la actitud de “síndrome del emperador” del hijo y señala que “de no mediar una inmediata corrección, el menor trasladará dicho comportamiento a terceros”, por lo que ha absuelto a la procesada. Ahora está por ver si el crío recurre hasta llegar al Constitucional. Es posible.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

miércoles, 6 de septiembre de 2017

No vayan al campo


No vayan al campo

SI me permiten un consejo, les pediría que no se dejen engañar por esa corriente de pensamiento que demoniza las vacaciones de playa, discoteca y gin-tonic en base al ruido, los malos olores, la masificación y el desenfreno desenfrenado. Todo eso es verdad, pero no tanto como asegura el lobby de la casa rural, que se envuelve en un paisaje bucólico con pajaritos, tomates sonrosados y paseos por la orilla del río a lomos de Platero
Si se trata de descansar, de verdad, las vacaciones hay que pasarlas en casa, en la propia, donde poseemos un catálogo de comodidades de las que disfrutamos poco por falta de tiempo. El colchón está hecho a nuestra espalda y la almohada se lleva bien con las cervicales, y hay wifi con velocidad suficiente y un sofá para la siesta y la nevera llena y los vecinos se han ido. ¿Hay algo más parecido al paraíso? Puede que sí, pero no en el campo. 
A los que se quejan del jaleo discotequero les recetaría una semana escuchando a todas horas las campanadas del reloj de la iglesia, al perro poeta que se pasa la noche ladrando a las estrellas y al resto del zoológico local, incluido el pastor, que saca a las ovejas de paseo a las 5:05 de la mañana. Por no citar al coro de pajarillos, nunca menos de 100.000, que compiten con las moscas, mosquitos, burros, motoazadas y otras alimañas durante la siesta. En el campo solo se disfruta de un rato de silencio entre las 4.30 horas y las 4.45. Pero no siempre. En ocasiones, si deja de respirar por un momento, oirá cómo crece la hierba. Un auténtico escándalo.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy