viernes, 26 de mayo de 2017

Robar por robar y robar y robar



NO soy mucho de robar, la verdad, pero últimamente me estoy ejercitando para poder comprender a esa banda de golfos apandadores que esquilman las arcas del Estado y rebañan el fondo por si ha quedado algún céntimo de euro. He empezado apropiándome de algún bolígrafo en el trabajo, cacahuetes en los bares y una cereza en el súper. He reflexionado sobre la experiencia y no le encuentro la gracia. Quizá sea porque no tengo vicios caros. O puede que no los tenga por falta de entrenamiento. O porque no he hurtado lo suficiente. Quizás debería haberme apropiado de 10.000 bolígrafos. ¿Para qué? Pues, no sé. ¿Para que durante un siglo a mi descendencia no le falte la tinta? 
Si fuera ladrón, intentaría ser un profesional responsable, alguien que manga para vivir holgadamente sin dar un palo al agua. No como esa gentuza, que acapara billetes por el placer enfermizo de apilarlos y consciente de que, por edad, no podrá disfrutarlos. Son garbigunes de divisas que dan mala imagen a la profesión. Cuánto echo de menos a los ladrones de antes. Trincaban 30 millones de pesetas y se retiraban a Torremolinos a disfrutar de la vida. Estos advenedizos de ahora expolian 30 millones de euros y siguen en la brecha hasta que los trincan. Si en una isla desierta les dieran a elegir entre una gallina o un huevo de oro, morirían aferrados al oro, como auténticos gilipollas. ¡Puaj!
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

miércoles, 17 de mayo de 2017

La vida no pasa, te atropella


La vida no pasa, te atropella

PASA la vida y no eres consciente hasta que te atropella. Vas quemando etapas a velocidad creciente y un día descubres que ya no quedas tan a menudo con los amigos. Así que decides guasapearles el viernes por la mañana para tomar juntos una cerveza el sábado por la tarde. Veinte minutos después, cuando han contestado todos, haces balance y solo puede Txema. Ese al que le dejó la mujer por cansino hace un par de meses y ahora está solo porque dos semanas más tarde le abandonaron el gato y el canario para irse a una casa donde les dieran de comer periódicamente. 
Y recuerdas aquella edad indefinida en la que te encontrabas con alguien un martes por la mañana y te sugería ir a tomar unas cubatas al puerto de El Pireo, que actuaba Mikis Theodorakis, y no cuestionabas la oferta. A lo sumo, ibas a por la mochila y el saco y, aunque no conocías al individuo, dos días después érais amigos íntimos ya que las horas muertas haciendo dedo unen mucho. 
Escribo esto y se me cae una lagrimilla porque no encuentro el tiempo perdido y, al parecer, mis amigos, tampoco. Unos cuidan padres, otros nietos, algunos están con trancazo, otros tienen que segar el césped del adosado o ver el partido o pulirse la cadera de titanio. No hay dios que haga un calendario para quedar una tarde con estos condicionantes. Tendré que esperar unos pocos años más y seguro que nos encontraremos todos en urgencias. Imagino que allí tendremos tiempo de charlar largo y tendido.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

lunes, 15 de mayo de 2017

La maldita fiesta del cine


La maldita fiesta del cine

LA fiesta es, en realidad, una bacanal para aquellos a quienes no les gusta el cine. Una mezcla de performance, botellón y festín desenfrenado. Los cinéfilos deben huir de esta promoción como de las purgaciones. Inconscientemente decidí ver Lady Macbeth el pasado miércoles en la sesión de 8.00. Cuando tomé asiento casi no había nadie en la sala. Comenzaron a llegar empezada la película, imagino que fue porque se acabaron las entradas de Fast & furious 8 o El bebé jefazo
Mis compañeros de butaca eran una pareja que había comprado tres entradas, una de ellas para depositar el contenedor de palomitas y el capazo de chuches. Se pueden imaginar cuál fue la banda sonora del filme. Lady Macbeth tuvo que repetir varias frases para que pudiéramos seguir la trama, ante el crepitar de bolsas, cacahuetes y maíces. “¡Uy, qué curioso, han apagado las luces! ¡Y no hay anuncios como en la tele!”, decía ella. “Sí, pero tampoco hay wifi”, le contestaba él mientras movía la pantalla del móvil buscando la señal. “¿Dónde está el bar?”, preguntaba ella. “No sé”, respondía él, “pero yo veo todo en 3D, menos la pantalla”. Y cosas así.
 Detrás había un matrimonio mayor que hacía la traducción simultánea para los invidentes, en el supuesto caso de que hubiera alguno. “Mira, le está poniendo los cuernos”. “Se están mojando”. “Vaya puñetazo”. “Ahora llora”. Cuando empezó a tronar en una escena, se abrieron varios paraguas. Yo también lo hice. No quería ser el raro.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy