domingo, 1 de enero de 2017

Dale el oso, por favor

EL oso. Quiero el oso. Dame el oso, ama. Porfa, el oso. ¡El osooooooo!”, Viajábamos una muchedumbre en el autobús. Al volante, un sustituto con el carné sacado en la mili y perfeccionado en la conducción de reses al matadero. “El oso, ama, el oso”. Dado los acelerones y virajes, en el París-Dakar lo habrían detenido por conducción peligrosa. Miraba por el retrovisor y se le veía disfrutar. “Quiero el oso. El oso, el oso, el oso”. En una curva en la que chirriaron las ruedas, a una anciana se le saltó la dentadura que quedó incrustada en el bolso de su compañera de enfrente.
Y allí estábamos, encerrados, como en el infierno de Dante, con un niño gritón y exasperante que, por lo que pude deducir, quería el oso de su hermano. El oso, ya saben, el oso. Su ama jugaba al Candy Crush con los auriculares puestos. Inmune a los gritos como lo son al tren los que viven junto a las vías. “Dame el oso, ama, el oso, oso, oso”. Pensé en quitarle el oso al hermano para metérselo en la boca al energúmeno en ciernes, pero estaba armado con un sonajero y con claras intenciones de usarlo como arma.
Eché un vistazo a los presentes. Por su mirada deduje que un tercio estaban dispuestos a tirar al niño por la ventana;el otro, a la madre y al niño y dar al pequeño en adopción, y el resto, a lanzarse ellos como último recurso. Si no se produjo una masacre autoinfligida fue porque llegamos a la parada y los tres y el oso salieron ajenos por completo a los efectos colaterales que producía su existencia.
Josetxu Rodríguez. @caducahoy

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