domingo, 26 de julio de 2015

El universo en la maleta

LAS maletas son como los gatos, cuando se tiene una, no se sabe quién tiene a quién. Por eso, pocas veces viajo con maleta. En realidad, es ella la que viaja conmigo. Las maletas son entes autónomos que toman sus propias decisiones, casi siempre en beneficio propio. Se rigen por extrañas leyes que, en unas ocasiones, las convierten en agujeros negros capaces de tragarse un trastero con su tabla de surf, y en otras, saciarse en cuanto has metido un par de mudas y el cepillo de dientes.


Cuando se sale de viaje, el hogar es la maleta. Por eso nos sentimos tan perdidos cuando desaparece. Es como si nos dejara huérfanos de nosotros mismos. Hay quien hace dos maletas, una para perder y otra para llevar aferrada, como un salvavidas atado al universo conocido. Alguien ha inventado una aplicación que te organiza el equipaje por medio del teléfono móvil. Hace listas en base al destino, la climatología, tus gustos y cosas así. Nunca la usaré. No dormiría tranquilo pensando que mi móvil y la maleta podrían ponerme los cuernos e irse juntos a vivir a un aeropuerto, que es el limbo de los equipajes. Un paso obligado entre el cielo y el averno del almacén de objetos perdidos. Stephen Hawking, ese genio con el cuerpo estrujado y la mente afinada como un diapasón, ha viajado a lomos de inquietantes ecuaciones matemáticas hasta el borde del universo. Allí donde el tiempo apenas tiene un tic. ¿Saben lo que encontró? ¡Exacto! Una maleta abierta. Si no fuera ateo, la habría llamado Dios.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy