viernes, 31 de julio de 2015

El león Cecil, como el oso Mitrofán, víctimas de los tarzanes de maceta

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NO sé que tiene el dinero que les pone cachondos. Es hacer fortuna y salir corriendo para cazar algo, a ser posible bien dotado y exótico. Y no precisamente en los clubs de alterne. La lista de descerebrados, con perdón de las amebas, es larga. Roca, el de la operación Malaya, tenía una nave repleta de trofeos fruto de sus tropelías de lujo. En apariencia eran salvajes, pero, por lo común, lo son tanto como los faisanes de granja o las lubinas de vivero. Las empresas que comercian con estos safaris para seniors suelen elegir ejemplares viejos, enfermos o semidomesticados, que ceban previamente para que acudan a zonas determinadas y ponerlos a tiro de estos tarzanes de maceta. Se trata de que se lleven un trofeo pagado a precio de oro y no vuelvan a casa con un brazo o una pierna menos, lo que no sería buena publicidad para la empresa. 
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Blesa, otro coronel Tapioca, también los coleccionaba, al igual que Juan Carlos de Borbón, que empezó a perder brillo el día que mató a Mitrofán, un oso de circo que andaba en bicicleta al que emborracharon con vodka para ponérselo a tiro. 
Algo similar le ha sucedido a Cecil, el león más famoso de Zimbabue y objeto de estudio por su singularidad. El dentista Walter James Palmer pagó 55.000 dólares por matarlo con su arco. Una vez herido, tardó 40 horas en morir. En EE.UU. es tal la indignación que ha tenido que abandonar su clínica. Los norteamericanos no se han creído eso de: “Do siedto mucho, do volvedá a ocudir”.

Josetxu Rodríguez
@caducahoy
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