viernes, 8 de mayo de 2015

Caramelos, cagarrutas y elecciones


IMAGINABA que acabaríamos así. ¿Cómo? Pues comiendo Jelly Belly Beans, esos caramelos con sabor a vómito, moco o lombriz. Y no lo digo por la clase política, que lleva toda la vida desayunando sapos y no me da ninguna pena. Sobre todo, los que lloriqueaban porque no les llegaba el sueldo de diputado mientras reventaban las cajas de seguridad en Suiza con billetes de 500 euros. No hay problema en comerse un sapo o la charca entera, si luego puedes quitarte la halitosis arrasando la despensa de un cinco estrellas Michelin. 

caramelos, Jelly Belly Beans,

Para nosotros quedan los Jelly Belly, que son una alegoría de cualquier hemiciclo al uso. Las semejanzas son inquietantes y muy instructivas: salen caros de cojones, 6,50 euros cada caja, y por cada caramelo de plátano, arándano o fresa, tienes que cargar con un puñado con sabor a cera de oídos, huevo putrefacto o pañal meado. Son cosas de la modernidad y de la política. Hoy que comienza la campaña electoral es buen momento para decidir qué estamos dispuestos a tragar. 
Me contaron una anécdota de un bautizo de posguerra. El padrino, no muy pudiente, compartió la bolsa de caramelos con los niños que esperaban fuera de la iglesia y decidió rellenarla con cagarrutas de oveja. Los chavales veían caer un montón de golosinas al suelo, pero al ir a buscarlas los más avispados solo recogían los caramelos. El resto, se zampaba los excrementos como si fueran regalices. No sé por qué me ha venido esto a la cabeza, la verdad.

Josetxu Rodríguez

@caducahoy