jueves, 30 de octubre de 2014

Me quedo con la dieta de los pesticidas. Sin dudarlo.


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LLEGUÉ a la lechuga por eliminación, después de probar dietas cardiosaludables a cada cual más absurda. Como la Dukan, la Atkins, la volumétrica, la detox y otras rarezas que aconsejaban empapuzarse de un grupo de alimentos que la siguiente prohibía. 
Con la de pescado llegué a tener tanto mercurio en el cuerpo que era capaz de predecir el tiempo con quince días de antelación, lo que no consigue ni el Meteosat. Algo similar ocurrió con la de fruta. Descubrí que estaba de pesticidas hasta las cejas cuando vi que pulgas y mosquitos caían fulminados después de picarme. Si me hubiera expuesto al ébola, sería el virus quien tendría que vestir el traje ABQ. Imagínense. 
Por eso, al final, elegí la mediterránea y la lechuga, con la que entablé una hermosa amistad. “¿Qué pasa con tu cogollo, tía?”, le saludaba por las mañanas. “Pues aquí estoy, lechuguino”, me respondía la muy fresca. Tuvimos una larga relación gastronómica. Concretamente, hasta hace unas semanas, cuando descubrí que era una de las verduras que más contaminantes absorbe. Me sentí traicionado y cortamos de raíz. 
Ahora preparo una dieta propia basada en los pesticidas. Consistirá en un plan de consumo de alimentos moderadamente emponzoñados con químicos y metales pesados. Espero lograr un envenenamiento equilibrado que me permita disfrutar de una salud de hierro como corresponde al pasado industrial del territorio en el que vivimos. Igual hasta consigo activar el turismo sanitario.

 Josetxu Rodríguez 
@caducahoy