sábado, 8 de febrero de 2014

Agropijos y guerra bacteriológica



 Los domingos suelo ver a los agropijos del adosado darle marcha a la visa en los invernaderos y cargar con todo tipo de plantas para la huerta ecológica. Su ingenuidad me recuerda viejos tiempos, cuando yo también pensaba que para obtener frutos del campo bastaba con enterrarlos, regar y darles un margen prudencial; algo tan ingenuo como creer que para hacerse rico en la bolsa solo hay que comprar barato, esperar y vender caro. Hace años, siguiendo los dictados de El horticultor autosuficiente, una especie de vademécum hortofrutícola, planté mi primera docena de lechugas. Cuando a la mañana siguiente descubrí que habían desaparecido supuse que me las había robado. Volví a intentarlo, y dado lo reiterado del fenómeno, consideré la posibilidad de que algún topo bromista tirara de ellas hacia abajo. Consulté con un experto y me vendieron un producto que preservara las lechugas de tan inusitada vaporización nocturna. El resultado fue espectacular: por la mañana estaban rodeadas de cadáveres de caracoles y babosas. 
Ese fue el inicio de la guerra químico-bacteriológica que, para acabar con los trips, cochinillas, pulgones, oídio y mildiu, emponzoñó mi minúscula huerta de 2002 a 2008. Tras diversas incursiones fallidas en la agricultura biológica (mariquitas contra pulgones y cosas así) y considerando que una retirada a tiempo es una victoria, la convertí en un hermoso patio. Ahora, entre las baldosas de pizarra me crecen unas lozanas espinacas. ¡Manda huevos!
Josetxu Rodríguez