viernes, 29 de noviembre de 2013

La energía vital también mata, especialmente la de un piano


EL sonido de las olas golpeando la costa irlandesa le sacó del sueño lentamente. Desde que había cambiado el zumbido electrónico del viejo despertador por esta melodía, que la revista Integral regalaba al suscribirse por dos reencarnaciones, se sentía otra persona. Frente al espejo, que siguiendo las normas del Feng Shui había colocado para contrarrestar una corriente de energía negativa que atravesaba la habitación, inició sus ejercicios de tai-chi. 
Más tarde, en la bañera de hidroterapia, alternó el agua fría y la caliente hasta que su sangre alcanzó el octanaje deseado. Después se hidrató la piel con los ungüentos de la escuela de cosmetología californiana y se limpió los dientes con el cepillo bioenergético que le entregaron en el curso de kinesiología aplicada. Encendió la vela que su aromaterapeuta le recomendó para los días lluviosos y procedió a darse un masaje en los pies mientras sentía el bienestar de las flores de Bach. La reflejoterapia, al igual que el reiki, equilibraba sus corrientes corporales y le ponía a tono para caminar durante todo el día vendiendo seguros. 
Se vistió con los colores energéticos que le habían recomendado en el curso de cromoterapia y psicoemotividad y comenzó a recitar interiormente los mantras de la mañana. Tras tomarse el té verde con bayas de goji, salió de casa pleno de energía vital y en comunión con el universo. 
El piano le cayó desde el sexto piso y le espachurró apenas puso el pie en la calle. Su teclado, sobre la acera, parecía una enorme sonrisa careada.
Josetxu Rodríguez