lunes, 11 de noviembre de 2013

La desgraciada y triste historia de Elíbex 35




LE bautizaron Eliberio Expósito, aunque todos le llamaban Elíbex 35. Tenía su sede en el soportal de la discoteca Pachá, tan abandonada como él. Su único patrimonio consistía en un tetrabrik de Don Simón, una manta de Cáritas y unos cartones de la tienda de los chinos. Había trabajado en una pyme hasta que una Empresa de Tortura Temporal encontró un universitario por la mitad de precio. Le dieron un finiquito a fondo perdido que se perdió en el fondo y solo le quedó una moneda para conseguir en franquicia un carrito de supermercado donde colocar sus escasas pertenencias. 
En este punto de su vida se planteó algunas opciones sobre acciones y decidió fusionarse con un tipo preferente para poner en marcha un programa marco. Es decir, robar unos cuadros que unas primas únicas y birrochas tenían en un piso del Casco Viejo. Tras asistir a un máster de diseño industrial sobre ganzúas, se colaron en el bien inmueble y cargaron con los bienes muebles y, para diversificar riesgos, huyeron cada uno en una dirección. 
Vivieron varios días con un sistema flexible de pensiones: unas noches dormían en una y, otras, en la calle, hasta contactar con un inversor que les dio coca a cambio del botín. Como no eran hombres de letras del tesoro la metieron en la Bolsa y la cortaron antes de ponerla en el mercado. 
Un día, el tipo preferente tuvo un subidón y, como era analista, le violó. No quiso denunciarlo por aquello del I+D (a más Investigaciones más Detenciones). Es lo que tiene ser el puto amo de la miseria.
Josetxu Rodríguez