viernes, 1 de noviembre de 2013

Fábula: la guerra del tendedero.



NADA hay tan pernicioso para la convivencia en un edificio como el colgador de la ropa, esa especie de araña zancuda que se instala en la fachada y donde se colocan las prendas limpias para que los vecinos de arriba puedan ensuciarlas cuando sacuden las alfombras, empaparlas si ya están secas o criticarlas por su calidad, cantidad o mal gusto. Solo con echar un vistazo a estos tenderetes podría hacerse un censo exacto de una ciudad: si el aitite vive en casa, su txapela colgará del alambre como un agujero negro; si hay niños pequeños serán inevitables los baberos con osos; y los leggins multicolores alertarán del peligro de adolescentes en el edificio. 
Curiosamente, un objeto tan nimio provoca más discusiones en la comunidad que el tema de los impenitentes morosos y el desparrame de las derramas. En una de las últimas escaramuzas, un vecino del cuarto le pidió al del quinto que, cuando fumara puros, no tirara la ceniza por la ventana, y mucho menos los puros encendidos como hacía habitualmente. 
No hicieron el menor caso, y hubieran llegado a las manos de no ser porque un martes por la mañana a los del quinto se les cayó un corpiño. Una exquisitez roja de puntillas con un corazón bordado en el que podía leerse Para mi pitxurrina
Los del cuarto se negaron a devolverlo, de momento, y lo extienden sobre la colada. Milagrosamente, las agresiones han cesado. En una guerra, la ONU prohíbe tomar rehenes para usarlos como escudos, aunque no sé qué dirá en casos como este.
Josetxu Rodríguez