lunes, 28 de octubre de 2013

Antojos, tatuajes y viceversa



LE noto cabreado y es lógico. Se pasó el embarazo de su mujer buscando a altas horas de la madrugada los caprichos más insospechados para que su niña no naciera con un antojo -una de esas manchas en la piel que adoptan la forma del deseo insatisfecho de la madre: fresas, arenques, chorizo de jabalí...- y ahora que tiene 18 años se ha hecho un tatuaje que le cubre medio cuerpo. 
Conozco el caso y puedo decirles que lo que antes era una joven bien parecida, ahora es media joven bien parecida, y el resto, la piel de un dragón chino que le sube por la cintura y tiene una garra sobre su seno y la otra en su mejilla. 
Ante esta explosión grafitera, algunos aitas rezan para que si sus hijos se tatúan, al menos lo hagan con algo que pueda borrarse. Otros, sin embargo, se resignan ante lo inevitable: -¿La tuya se ha puesto algo? -Tenía un lunar y para disimularlo se ha tatuado un gran sapo. -Chico, pues ni tan mal... -Pero luego se ha hecho un piercing sobre él con dos bolitas que simulan ojos inyectados en sangre. -¡La madre que la parió! A
ctualmente, los tradicionales tatuajes de los legionarios (Novio de la muerte), los macarras (Donador de orgasmos), los expresidiarios (Amor de madre), los expósitos (Beba Coca Cola) o los indigentes (Ponga aquí su publicidad), les hacen parecer monitores de udalekus si se les compara con la variada iconografía demoniaca de los adolescentes. Ayer vi a uno en moto en cuyo brazo podía leerse: ''Cuántos peatones y qué poco tiempo". Amablemente le cedí el paso.
Josetxu Rodríguez