lunes, 12 de agosto de 2013

Aquella colada que nunca olvidaré



TODAVÍA recuerdo con espanto la primera colada que hice aquel verano. Por alguna razón que desconozco, la ropa estuvo 17 horas dando vueltas y vueltas en agua jabonosa a 90 grados. Desde ese día y durante meses, mi ropa interior lució un desvaído tono azulado impronta de unos pantalones que había introducido junto a las otras prendas. Todavía hoy me pregunto qué eran en origen algunos de los guiñapos que saqué de la lavadora recién estrenada. Me explico: yo sé lo que metí, pero no reconocía el producto final ya que había sufrido un proceso de transubstanciación de tal magnitud que ni la forma ni el color ni siquiera la textura guardaba relación con el original. 
Comprenderán que después de esta experiencia traumática tuviera que apuntarme a un curso de reciclaje acelerado para no terminar cubriéndome con calzoncillos de papel albal. Mis estudios comenzaron con algo tan sencillo como asimilar que la suciedad clara se pega a las ropas oscuras y que la oscura tiene querencia por las prendas claras. 
Más tarde me sumergí en el idioma jeroglífico de las etiquetas: que si el triangulito, que si el chirimbolo significa que hay que lavar a mano, que si tal y que si cual. En los cursos de química cuántica me explicaron la diferencia entre el blanco, más blanco y blanquísimo y el efecto que la lejía produce sobre cada uno de ellos. Ahora que ya estoy preparado me dicen que el Ejército ha creado una tela que no se mancha nunca. ¡Malditos esquiroles!
Josetxu Rodríguez