viernes, 14 de junio de 2013

Toros, ópera y boxeo




LA pasión es el denominador común de los amantes de la ópera y de los toros. Ambos defienden con igual fervor el arte del espectáculo ante el asombro de sus interlocutores, que les miran con incredulidad. El cantante lírico, no obstante, suele actuar delante de un público entregado, dispuesto a romperse las manos aplaudiendo. Por contra, si fuera toro de lidia -afortunadamente algo tan alejado de mis posibilidades como el oficio anterior- no disfrutaría en absoluto ante el respetable del tendido. Como ven, entre unos y otros hay una gran diferencia y, por suerte para los cantantes de ópera, su afición no solicita al final de la función las orejas y el rabo del artista después de que haya sufrido un acuchillamiento ritual. 
La relación de los humanos con sus congéneres del mundo animal es bastante desconcertante, hasta tal punto que uno de los mayores peligros para la fauna son aquellos que dicen defenderla. Los amantes de los pájaros los encierran en jaulas diminutas. ¿Tendrían ellos ganas de cantar metidos en una celda y comiendo cereales y gusanitos de queso durante toda su vida? 
Eso por no hablar de los zoos donde al hipopótamo se le reseca la cocorota porque no cabe en la charca, los circos en los que el león tiene artrosis o las tiendas de animales exóticos donde mueren a cientos bajo el chisporroteo de las fluorescentes. Pero, ¿qué se puede esperar de una especie que prohíbe las peleas de perros y televisa las de hombres?
Josetxu Rodríguez