jueves, 7 de marzo de 2013

De presidentes y peluqueros

George Bush, durante un momento de asueto

EN Estados Unidos cualquiera puede llegar a ser presidente del Gobierno siempre que le adorne alguna virtud de especial relevancia. Por ejemplo, Ronald Reagan lo consiguió gracias a que era capaz de montarse sobre un caballo lanzándose desde la ventana de un granero. Con sólo esta cualidad logró cabalgar los designios de la Unión hasta que el Alzheimer le retiró de la política. Por no hablar de Bush, apenas capaz de comer galletas sin atragantarse.
En Europa somos algo más estrictos y a los candidatos no sólo se les exige que sean capaces de subirse al atril por sus propios medios sino también recordar las promesas que hacen, al menos hasta el día de las votaciones.
Estas dos condiciones bastan para enfrentarse con posibilidades a las urnas, ya que el resto es competencia de los asesores de campaña, una cuadrilla que muy bien pudiera estar formada por uno o dos vendedores de seguros, que se encargan del marketing, un camionero para responder a los ataques verbales y un viajante de comercio que elija los hoteles y la intendencia. En países pequeños como el nuestro, las campañas electorales son bastante sencillas de llevar si se tiene cuidado de incidir en las intenciones y no en las soluciones. Aquí, los únicos que se atreven a dar recetas contra cualquier problema son los taxistas y los peluqueros: “Eso lo arreglaba yo en cuatro días”, suelen decir. Y cualquiera les lleva la contraria cuando están dando tijeretazos sobre tu cabeza o volantazos sobre una carretera mojada.

Josetxu Rodríguez