martes, 25 de diciembre de 2012

Todo el poder (de compra) a los soviets


"MAGINATE por un momento –dice mi pedagogo de cabecera repantingado en su sillón- que te levantas un día y que alguien te ha regalado una mesa de billar, un equipo completo de golf -con coche eléctrico incluido–, una lancha fueraborda, material suficiente para escalar el Everest, una moto, la Enciclopedia británica, las piezas para construir un avión ultraligero y seis muñecas hinchables. ¿No te quedarías perplejo ante la abundancia de estímulos, y sin saber por dónde empezar? Pues eso es lo que les pasa a muchos críos tras recibir una sobredosis de juguetes".
Si los Olentzeros magos siguieran al pie de la letra los consejos de este discípulo de Makarenko, colacarán sobre los zapatos de mi hija una caja de cartón con nueces, un cuento educativo –por ejemplo “Blancanueves y los tres ceritos” – y una pandereta. “Eso será suficiente para que la pequeña se entretenga durante muchas horas y, a la vez, estimule los sentidos del tacto, la vista y el oído”, dice con voz enérgica.
En teoría debiera ser así, pero si me guío por la experiencia estoy seguro de que el hoy estaré patinando sobre una mullida alfombra de papeles de colores. El año pasado habíamos pedido a los reyes una baraja de cartas y un muñeco de trapo, pero por la mañana nos encontramos con que el trineo de Santa Claus había colisionado con los camellos y se había llevado por delante al Olentzero, y toda la carga de paquetes estaba diseminada por la sala. Al menos, eso es lo que le dijimos al cruel pedagogo.

Josetxu Rodríguez