viernes, 17 de agosto de 2012

Pollo blues, una fábula urbana



Yo quería un cocodrilo para llevarlo al colegio y que me defendiera de Javier Villamala, un acosador incipiente hoy alto ejecutivo de El cobrador de la recortada. Mis padres dijeron que solo los vendían en forma de zapato y, como alternativa, me compraron un pollito azul aprovechando el lucrativo mercado de aves tintadas con anilinas, dirigido fundamentalmente a los frustrados amantes de los cocodrilos.

Fue un amor a vista de pájaro y, aunque no pudo defenderme de Villamala, entablamos una estrecha relación. El éxito de la misma se basó en un respeto mutuo y unas mínimas normas de convivencia: él no ensuciaba mis deberes y yo dejaba de comer huevos. Era muy listo. Se aprendió los nombres de un montón de papas. Si no recuerdo mal, hasta Pío XII. Jugábamos a la oca y al parchís con granos de arroz y siempre ganaba porque me comía todas las fichas. Estuvo en casa cuatro meses y pico, hasta que se convirtió en un hermoso pollo capón que despertaba a todo el vecindario a las cinco de la mañana recitando el árbol genealógico vaticano y abría las cazuelas para comerse los garbanzos.

Un par de días antes de que nos fuéramos de vacaciones, cuando todo el mundo abandona a sus mascotas por ahí, decidió marcharse sin decir nada. Para evitarme el disgusto, pienso yo. En casa dijeron que lo habían contratado en Avecrem para hacer publicidad y lo celebramos con un guisado. Más tarde encontré en la cocina algunas plumas que me había dejado de recuerdo. Qué atento.

Josetxu Rodríguez