jueves, 26 de abril de 2012

El recopón del recopago


AHORA que la niña había superado su síndrome de Diógenes y accedido a donar los doscientos peluches a los gestores de los Traperos de Emaús a cambio de un armario portacontenedores de tres cuerpos para organizar por colores, tamaños y efectos nocivos la rebotica que tenía desperdigada por toda la casa, va el Gobierno centralizante y nos decreta el recopago. Son ganas de fastidiar: si quería ahorrar, podía haber ordenado a los laboratorios que ajustaran las dosis a una dimensión humana. Que cada vez que vas al médico porque te duele el estómago vuelves a casa con pastillas suficientes para cortar la diarrea a un batallón de picoletos.

Y, claro, ahora nos acusan de tirar toneladas de medicamentos a la basura. Pero ¿qué vas a hacer si ya no cabes en casa? Al principio, los metíamos en un botiquín; poco después, en una maleta; más tarde, en cajas debajo de las camas; pero, cuando empezamos con la homeopatía, todo se descontroló. Teníamos tarros, tisanas y perlas de aceite de onagra hasta en el capó del coche. No hay derecho. Si los japoneses han conseguido meter toda una oficina en un teléfono móvil, ¿cómo es posible que nadie haya podido reducir el tamaño de un Alka Seltzer?

No obstante, al paso que va el Ibex, me veo en un par de años comprando las medicinas a plazos y pagando con tapones de plástico. Yo ya los estoy recolectando. Creo que tendrán más valor que el euro en muy poco tiempo. Y eso que soy optimista por naturaleza.

Josetxu Rodríguez