jueves, 9 de junio de 2011

Mi cabra y yo cabalgamos juntos




YO A MI CABRA la quiero como si fuera un hijo, y vive en el piso con mi familia como uno más. Ya sé que algunos vecinos se han quejado porque con uno de los cuernos rayó el ascensor, pero también el del quinto lo rayó cuando subió la máquina de musculación y yo no le dije nada porque su mujer pesa 112 kilos y él 67, y creo que la necesitaba para defenderse.

Yo de mi cabra no pienso desprenderme pese a que la comunidad me ha mandado un carta diciendo que no podemos cohabitar con ella, porque dicen que «se empieza por una cabra y se acaba con una vaca». A mí todo eso me parece una maldad para hacerme daño porque, para empezar, una vaca no cabe en el ascensor y no es tan limpia como mi cabra. Lo que más me ha dolido es la crítica de los vecinos que tienen perro. Y eso que mi cabra no ladra, sólo berrea un poco cuando ve a los ciervos del cuadro que hay colgado en el portal porque le deben recordar a algún familiar lejano.

Los dueños de las cabras no nos entendemos con los dueños de los perros. Por poner un ejemplo, donde yo veo a una fiera cabezona, babeante y salvaje, ellos te presentan a "Lagun", su animal de compañía. Otras veces te señalan con el dedo a un San Bernardo paseando en agosto con su dueño por la Gran Vía y tú sólo descubres a un gilipuertas con un perro al borde de la lipotimia. Deben ser ópticas diferentes, como la de Borges que solía decir que quien odia por igual a los perros y a los niños no puede ser del todo malo.

No es mi caso, a mí me gustan los perros, pero algunos de sus dueños no están a la altura. Por ejemplo, me sacan de quicio aquellos que se hacen los distraídos cuando los animales hacen sus necesidades en la acera. Yo a mi cabra no le dejo hacer sus necesidades en la acera, y tampoco a mi hija; y podría hacerlo, porque al igual que los dueños de los perros también pago mis impuestos.

Eso, por no hablar de los optimistas, los que suelen decir: «Tranquilo que es muy cariñoso» mientras una fiera corrupia se abalanza sobre ti enseñando los colmillos y gruñendo como un loco. La escena suele acabar con el dueño del can preguntándose: «qué raro que te haya mordido, nunca lo hace después de comer. ¿Qué le has hecho?». Porque uno es pacifista, que si no les azuzaba a la cabra, que es buena pero peligrosa. El domingo se comió la mitad de la toquilla de la abuela, y eso que la tenía puesta.

Yo cuando paseo con mi cabra nunca la llevo a los jardines de excrementos y, por supuesto, tampoco a mi hija. Al parecer, en los jardines de excrementos sólo pueden entrar los perros. Ni siquiera sus dueños se atreven a entrar allí y siguen haciéndose los distraídos como cuando los entes locales y forales les regalan artilugios para que recojan las heces de sus animales. Que los recojan ellos, que para eso pago mis impuestos, suelen decir. Yo creo que nos avasallan porque la mayoría no tenemos perro. El otro día al salir de casa, el del segundo me faltó al respeto: «Con esa cabra sólo te falta la trompeta para pedir por la calle». Y yo le respondí: «Y tú con ese perro, sólo te falta el trineo para ser un tontolculo». El tío se mete con mi cabra y resulta que vive con un husky siberiano a 8.000 kilómetros de Siberia. ¡Eso sí que es una incongruencia!
Josetxu Rodríguez