viernes, 8 de octubre de 2010

¡No sin mi plancha!



Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que cualquiera que haya viajado en pareja ha transportado, en ocasiones sin saberlo, una plancha de viaje con mango plegable cuya función era aparecer en medio del desierto argelino, en una choza mongola o en lo más recóndito de la oscura selva amazónica. Si me apuran, creo que hasta Edurne Pasaban subió la suya al Shisha Pangma por si pudiera necesitarla en la fiesta del campamento base.

Este adminículo, oculto como un alien entre la ropa interior o en una bolsa de patatas fritas, es la principal causa de divorcio de los matrimonios in itinere. Curiosamente, la adicción al planchado no tiene sexo, porque uno ha visto a todo un pasante de notario deambular en busca de un enchufe en una aldea aborigen para poder recuperar la raya de sus pantalones de Coronel Tapioca.

Imagino que pronto estarán en el mercado las planchas con conexión parabólica, como esas ollas solares que cuecen alimentos a ritmo caribeño, pero más urgente que eso es que los chinos consigan hacerlas más ligeras. Eso sí que sería un exitazo del I+D, por lo común dedicado a desarrollar máquinas de destrucción masiva... de empleo.

Observo con cierto desasosiego la proliferación de otro tipo de planchas, las de pelo, que aunque menos aparatosas tienen tanto instinto aventurero como las primeras. Estoy por comprarme un escáner portátil para examinar el equipaje antes de salir y evitar así deslomarme por los aeropuertos con una maleta paradójica: cargada de ropa arrugada y llena de planchas.